El plan es ambicioso y utópico. Es una meta trazada hace un tiempo, tallada en sangre con una base de sueños infantiles. El plan comenzó hace unos dos años, pero no tiene fecha de finalización. El plan es un proceso que va durar toda mi vida, hasta el final de mis días. El plan se me presentó un día que yo no lo esperaba, pero sin darme cuenta él me encontró. El plan no conoce límites, no sabe lo que es la palabra “realidad”. El plan no se apoya en ningún movimiento filosófico o político. El plan tiene vida por sí mismo y habla por su cuenta. El plan construyó su propio camino, y sabe que pasos dar. Lo único que ahora necesita el plan es una mano ejecutora, aquel que sea capaz de llevar a cabo esa tarea y no tenga miedo del devenir. Necesita alguien responsable, una persona que tenga la determinación suficiente para cargar con la mochila de la consigna que se le será asignada.
Pero el plan nunca supó, ni jamás imaginó; que su ejecutor sería quién les escribe. Este, no es ni responsable, ni determinado ni mucho menos valiente. Pero si hay que tiene en claro, es que el objetivo final del plan persigue un bien mayor. Tanto, que va más allá del posible entendimiento mundano. Es algo que no podría ser concebido por un simple habitante de esta raza humana. Sin embargo, esta persona ha decidido tomar el desafío y trazar la meta.
Tomó el plan, y sin modificar ni siquiera una parte, lo plantó en el jardín de sus sueños. Allí, es una semilla que de a poco ha empezado a crecer, y aspira a ser una de las flores más bellas entre sus compañeras. Todos los días, quién les escribe, riega la planta que sobresale del jardín de sus sueños. La riega con lo que esa planta necesita, para crecer fuerte. Y así, que pueda dar algún día su fruto, es decir; el plan completado.
Pero se sabe que este ser no es quién realmente debería llevar a cabo el plan, y por consiguiente, sus defectos dañan la estructura del plan. Tanto, que lo marchitan, lo dañan, lo manchan. Sin embargo, con sus buenas intenciones, hace lo posible para que el plan siga vivo y que todo marche como se debe.
Y así transcurre la vida del plan, que obviamente, está y estará en pie hasta que llegué el día en que su ejecutor encuentre la muerte. Con él, se irán su sueños, ideales, su moral y el plan; todo se irá con él.
Lo que no sabe el plan, es que el ejecutor ya ha dejado una pequeña semilla en otro ser. Por si algo falla, él será el encargado de continuar regando la flor del plan. Esa flor, que está enterrada de raíz en el jardín de los sueños. Esa flor, que algún día, será un fruto. Un fruto real, algo concreto. Y solo ese día, será el día en que el objetivo esté completo y el plan finalmente, haya cumplido su tarea en esta vida.