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Breakthrough

diciembre 11, 2010

Quizás no me pasaba hace mucho, el conocer a alguien que te deje pensando por el resto del día. Alguien que te haya cambiado la perspectiva y el paradigma de la vida misma de tal manera, que comenzas a reconsiderar lo que haces, de la manera en que lo haces y hacia dónde vas.

Ahí te das cuenta que en el preciso momento en que conoces a alguien con esas características – y que necesariamente no tiene que ser una fémina – sabés que hay algo de esa persona de la cuál podrías aprender. Hay ciertas acciones que podrías imitar o al menos usar algo de filosofía para pulir aspectos de tu propia vida.

Fue en ese momento en el cual estaba en el punto clave de un relato, en el que todas las fichas empiezan a caer y tomas conciencia de que el destino existe. Siempre habías dicho que el destino termina por encontrarte de alguna forma, y eso pasó en el momento que conociste a esta persona.

Es cierto, at first sight, sentías que había un universo de distancia entre ambos – lo cual obviamente te daba curiosidad – pero que aún así querías conocer. Pero pareciera que ese momento que esperabas, para conocerlo de una manera más profunda y concreta, pasó en el momento que no esperabas; y a su vez, en el momento que necesitaras que pasara.

Porque está bueno conocer – o volver a conocer – a alguien que te tire la posta de una manera tan simple, compleja y precisa a la vez. Postas de la vida que te llevan, en un segundo, a replantear la tuya; revisar el log de tus acciones e intentar dar lo mejor de vos para reparar errores; pero desde una nueva perspectiva. Porque es precisamente en ese replanteamiento que juntas todas tus expectativas, proyectos, planes y sueños y los acomodas dentro de un espectro positivo; sin dejar de tener los pies en la tierra, logrando el punto medio que te situe en la realidad y te deje vivir a la vez que soñás.

Y todo pasó en una exacta milésima de segundo, literalmente viendo detrás de la persona que te hablaba, una galaxia ovalada que se acercaba a toda velocidad; siendo vos el que se acercaba a ella volando, y recorriendola a la vez que seguías el relato que te había empezado a llegar desde un primer momento. Aunque ahí, tiene crédito el emisor del relato; que encontraba el punto justo entre no perder el hilo de la historia que narraba y la manera que tenía de contarla.

Ves cómo una puerta se abre, cuál puerta de un palacio épico, que deja entrever un haz de luz y es allí, cuándo mirás atrás; volvés tu mirada hacía adelante y pensás: “La vida está bien, sino te rindes”

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